Leyenda de La Calle del Niño Perdido. Ciudad de México.


La calle del Niño Perdido se encuentra en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y es un tramo del ahora conocido Eje Central Lázaro Cárdenas que es una de las principales avenidas de la ciudad. Un dato curioso es que durante varias décadas  esta importante avenida logró reunir varios de los cines más recordados de la segunda mitad del siglo XX: Novelty, Teresa, Princesa, Avenida, Savoy, Cinelandia, entre otros, por lo cual, por un tiempo a esta importante vía se le conoció como el “Broadway Mexicano”.

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Leyenda de amor y de venganza es la que ha dado el nombre a esta calle que merece ser conocida por lo dramática e interesante.

Allá por 1659, siendo Virrey de la Nueva España don Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera llegó procedente de los reinos de Castilla un Don Enrique de Verona, quien venía contratado para trabajar en el altar de los Reyes en la Catedral de México.

Este renombrado y bien parecido artista tuvo, aquí en la Nueva España, algunas aventuras amorosas; a la última nos hemos de referir.

Una tarde, después de su trabajo en la Catedral, cuando Verona iba camino de su casa, al doblar una esquina vio en el suelo un pañuelo y una joven que se inclinaba para recogerlo, pero antes de que lo hiciera, el galán se lo entregó, recibiendo una dulce mirada de la hermosa dama que, por cierto, llevaba el nombre de Estela de Fuensalida, y era la pasión de un rico platero, ya entrado en años, llamado Don Tristán de Valladares.

El matrimonio de esta joven pareja no se hizo esperar; y el vejete enamorado se quedó con un palmo de narices, lo cual fue motivo de que pensara en cruel venganza, para así escarmentar a la inolvidable Estela.

Por el rumbo de la calle que ahora se llama “del Niño perdido” , vivían muy felices los recién casados gozando de su amor y de los encantos de un hijito que era su tesoro mas apreciado. Pero las dichas duran poco y aquella pareja, que llevaba un año en completa felicidad, la vio truncada la noche en que una mano infame prendiera fuego a un pajar que había junto a la casa de la familia Verona.

En pocos minutos, la vivienda se convirtió en una hoguera; las llamas lo devoraban todo; la confusión era inmensa; los vecinos no podían apagar el incendio con la escasa agua que llevaban. Estela y Enrique, sin poder apenas librarse de la catástrofe, lanzaban desaforados gritos buscando desesperadamente, al niñito…

Hubo un momento en que Estela se vio salvada en plena calle y, gritando ¡mi niño se ha perdido¡ , iba y venía como una loca por las cercanías de la casa convertida en ruinas humeantes. De pronto, con la claridad incipiente de la madrugada, pudo divisar a un hombre que con sigilo, llevaba un bulto cubierto con su capa.

Verlo Estela, y lanzarse como una fiera contra aquel hombre, fue cosa de un segundo, arrebatándole la criatura que era su hijo. Ya se puede suponer que el criminal no era otro que Don Tristán Balladares.

Desde entonces el vulgo llamó a esta calle del Niño Perdido pues la desolada madre gritaba, al no encontrarlo, “!Madre mía, devuélvanme al niño perdido¡”

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