Leyenda de La mano en la reja. Michoacán.


Santuario de Guadalupe, Morelia. Foto: Rafael G. Córdova

Santuario de Guadalupe, Morelia

La calzada Fray Antonio de San Miguel (hoy Calzada de Guadalupe) de Morelia es una obra monumental de los pasados siglos. Uno de los arcos del acueducto romano que condujo el agua en otro tiempo le sirve de pórtico. Dos filas de añosos y copados fresnos corren a lo largo de la calzada entrelazando sus frondas fingen una bóveda de verdor obscuro. De uno y otro lado banquetas de cantería toscamente labradas sirven de asiento para tomar el fresco a la sombra en las horas calurosas. Más allá por ambos lados también se elevan mansiones señoriales, casasquintas coloniales envueltas en mantos de rosas. Le sirve de fondo el santuario de Guadalupe rodeado de cipreses y coronado con su torre y cúpula bizantina sobresaliendo por encima de un cerco de cipreses. Es tan espesa la bóveda que forma el ramaje de los fresnos que cuesta trabajo al Sol atravesarla y cuando lo hace enriquece el ambiente con un tenue polvo de oro y el disparejo pavimento con manchas de luz y sombra que complacen el alma.

El aire que allí se respira viene siempre perfumado con los más exquisitos aromas de las mosquetas y madreselvas que se cultivan en el vecino bosque de San Pedro. Los pajarillos que viven entre sus frondas alegran el oído con sus cantos jamás interrumpidos. !Cuán apacible es la vida de esa parte de Morelia! Principalmente durante las noches de luna en que todos los rumores se apagan, todos los cantos cesan y todas las vagas tristezas renacen a porfía.

Del lado derecho, al empezar la fila de casas, hay una que llama la atención por su aspecto señorial y antiguo, por sus balcones labrados en piedra y por las rejas de sus sótanos. Esta casa tiene una huerta protegida por un muro cubierto de manchones verdes de musgo y ennegrecido por la lluvia y el polvo. Por encima sobresalen los fresnos, los cedros y los cipreses envueltos en mantos de camelinas, rosas y campanillas…

En esa casa moraba hace muchos, un hombre tan noble como el Sol y tan pobre como la Luna. El hombre era don Juan Núñez de Castro, hidalgo de esclarecido linaje y sangre más azul que la de muchos.

De España vinieron con él su esposa doña Margarita de Estrada y su hija única, doña Leonor. Cabe señalar que doña Margarita era su segunda esposa. Tenía alrededor de 40 años, era gruesa de cuerpo y de hablar ronco… demasiado ronco… Su pupila azul parecía nadar en un fluido de luz gris dentro de un cerco de pestañas desteñidas. La nariz roja y curva como de águila le daba el aspecto de haber sido en su tiempo gitana de pura sangre. Era rabiosa, más que un perro y furibunda como pantera. También era exigente… siempre quería vivir con lo mejor. Y fue precisamente su ambición y excesos de lujo en la corte lo que arruinó a su marido irremediablemente. En esos días, casi expatriados en un medio que no era el suyo, consumía lo que le quedaba de su antiguo esplendor y riqueza.

Era doña Leonor hijastra de doña Margarita e hija de la primera esposa de don Juan. Su belleza era sólo comparable a la de la azucena, blanca como sus pétalos y rubia como destellos de oro. Su nariz era recta y sonrosada. Su boca pequeña, roja como cacho de granada. Sus labios delgados y rojos, que al plegarse para sonreír mostraban dos hileras de dientes diminutos y apretados como perlas en su concha. Sus pupilas eran azules como el cielo, parecían dos estrellas circuidas de un resplandor de luz dorada e intensa. Su cuerpo era esbelto y delgado, y su carácter era dulce y apacible, de una delicadeza y finura que revelaba el origen noble de su madre.

Así que ya se imaginarán. La madrastra era todo lo contrario a la bella Leonor. ¡Un contraste de caracteres! Pero como la gitana había dominado a don Juan, también lo había hecho con Leonor, que sufría constantemente de las humillaciones, vejaciones y maldades que le hacía su madrastra ¡Cómo extrañaba esos días en España! Con decir que no podía la noble muchacha ni siquiera asomarse a la ventana, ni dar un paseo, ni tener amigas, ni siquiera podía arreglarse o ponerse algún adorno. Ni siquiera podía dar a conocer que existía. Debía estar constantemente o en la cocina guisando o en el lavadero lavando o en las recámaras barriendo. No tenía permiso ni de levantar los ojos para ver a nadie… Y ¡ay, de ella! si contrariando las órdenes que se le habían dado se asomaba al balcón o se adornaba, pues se le armaba un problema mayúsculo con la madrasta, perdiendo Leonor en todo caso.

Calzada Fray Antonio de San Miguel (hoy Calzada de Guadalupe)

Calzada Fray Antonio de San Miguel (hoy Calzada de Guadalupe)

Pero sucedió que por aquellos días vino a Valladolid un noble de la corte del virrey a pasar Semana Santa, como era costumbre en aquella época, y habiendo visto a Leonor cuando ella visitaba las iglesias y los monumentos religiosos, quedó en seguida prendado de su hermosura.

Ella no miró con malos ojos al pretendiente, y mediando la situación que vivía en su casa, aceptó a escondidas una carta en la que el buen mozo le pedía permiso para cortejarla.

No tardó mucho en contestarla, citando al galán a las 8 de la noche en la reja del sótano que daba a la calzada, lugar que, por cierto, la tenía confinada doña Margarita para evitar que la viera y admirara la juventud vallisoletana.

Era el galán don Manrique de la Serna y Frías, oficial mayor de la secretaría virreinal, cuyos padres residían en España. Su posición en México superaba todas las expectativas. Era joven, inteligente, activo, sumiso, lleno de esperanzas, con buen sueldo en la corte, estimado por el virrey y por la nobleza mexicana. Laborioso, casi rico.

De seguro que al presentarse a don Juan, con una carta del virrey, éste, si consentía Leonor, no le negaría la mano de su hija, aunque doña Margarita se opusiera por no sacar ella ganancia ninguna del asunto. Pero don Manrique quería primero estar seguro de la voluntad y del amor de Leonor.

Pues bien, queriendo acercarse a la casa sin ser percibido por la gente que por ahí vivía y para ahuyentar a los curiosos, tramó un plan. Conociendo perfectamente el miedo que causaban en la gente los duendes y aparecidos, vistió a su paje de fraile dieguino. Con astucia pintó en su rostro una calavera y le dio la orden de pasearse de un lado a otro a lo largo de la calzada de Guadalupe como ánima en pena, mostrando lo más que pudiese la calavera.

Sonó entonces el reloj de la Catedral pausadamente. Eran las 8 de la noche. Enseguida, todos los campanarios de la ciudad comenzaron a lanzar los tristes clamores, implorando los sufragios por los difuntos, según las costumbres de aquella santa época. La luna iba dibujándose entre las ligeras nubes que como con un manto de encaje envolvían el horizonte. Un vientecillo suave soplaba suavemente moviendo las ramas de los árboles y embalsamando el ambiente con el penetrante perfume de los jazmines. Todo estaba mudo, silencioso.

Mientras tanto, el fingido difunto se paseaba a lo largo del muro donde estaba la reja del sótano, y la gente que se atrevía a verle la cara corría despavorida, lanzando destemplados gritos. Entre tanto, don Manrique se acercaba a la reja del sótano para platicar con doña Leonor. Y fueron pasando los días…

Noche a noche, a las 8 en punto, brotaba sin saber de dónde aquel espanto que traía asustados a todos los pacíficos moradores de la calzada de Guadalupe, de modo que a las 7:30 de la noche en que terminaban los últimos reflejos del crepúsculo y se envolvía el cielo en su gran manto de estrellas la gente estaba ya recogida en sus casas, temerosas y espantadas por el fantasma que se aparecía en la calzada.

No le pasaba lo mismo a doña Margarita que, maliciosa como era, anduvo espiando –sabedora del espanto y víctima ella misma de él–, el momento oportuno de averiguar el misterio.

Fue así que al fin descubrió  la patraña y haciendo uso de su autoridad, una vez que se encontraba doña Leonor platicando con don Manrique acerca de los últimos preparativos para pedir su mano a don Juan, la malvada mujer cerró por fuera el sótano dejando prisionera a doña Leonor.

Para su mala suerte, don Manrique no se enteró de lo que había hecho doña Margarita con su amada, porque fue llamado apresuradamente a la corte, donde iba a aprovechar para pedir al virrey, como era costumbre en esa época, que pidiese a don Juan la mano de su hija para él. Así partió al día siguiente con su comitiva para la ciudad de México.

Mientras tanto, doña Leonor, al querer al día siguiente salir del sótano para entregarse a sus ocupaciones de todos los días, encontró que no podía salir por estar cerrada por fuera la puerta. Así pasó todo aquel día llorando y suplicando, sin comer.

Don Juan no la echó de menos, porque jamás comía con él en la mesa. Doña Margarita se lo tenía prohibido. A veces duraba días y días sin verla; así es que no notó su ausencia.

Catedral de Morelia

Catedral de Morelia

Además, no tardaron sus asuntos en llamarlo fuera de Valladolid, de donde salió a fin de arreglar los últimos detalles de las siembras de una hacienda no lejana que había comprado con la herencia materna de su hija. Por lo mismo, no pudo darse cuenta de la prisión en la que se encontraba su única hija.

Fue entonces que  doña Leonor desesperada por el hambre y ansiosa por conservarse para su muy amado Manrique, durante el día sacaba por entre la reja su mano aristocrática, pálida y casi descarnada, a fin de implorar una limosna por el amor de Dios a los transeúntes que siempre ponían en ella un pedazo de pan.

Doña Margarita entonces comenzó a difundir que doña Leonor estaba loca y que se ponía furiosa, motivo por el cual la tenía recluida y como no le bastaba el mendrugo que le suministra la madrastra, por eso pedía pan.

Los vecinos habían notado que el espanto había acabado, ya no se veía al fraile caminar por la noche a lo largo del muro. Sin embargo, ahora, de día, no cesaba de estar una mano pálida como de muerte implorando por la reja la caridad pública, con voces débiles y lastimeras.

Pero un día, día de Corpus Christi, para más señas, cuando las sonoras campanas de la Catedral pregonaban la majestad de la eucaristía que era llevada por las calles en medio de una pompa inusitada, llegó a la puerta de la casa de don Juan una comitiva casi real, a cuyo frente iba don Manrique, que traía para don Juan la carta del virrey en donde pedía la mano de doña Leonor para el enamorado.

Don Juan, asustado, sorprendido, pero al mismo tiempo conmovido, empezó a dar de voces, llamando a doña Leonor.

Doña Margarita se había ido al Corpus, de modo que nadie respondía, hasta que los criados, sabedores del martirio de doña Leonor, le descubrieron el escondite.

Abrieron la puerta y quedaron petrificados al ver que doña Leonor estaba muerta. Fueron aprehendidos en el acto padre, madrastra y criados, y consignados a las autoridades reales, sufriendo al fin cada cual un castigo merecido.

Don Manrique, engalanando el cadáver de doña Leonor con el traje blanco de boda que ya llevaba para ella, le dio suntuosa sepultura en la iglesia de San Diego.

Y aunque han pasado muchos años de esa tragedia, aún se ve a deshoras, en la reja del sótano de la casona una mano aristocrática, pálida y descarnada, que implora la caridad pública, pidiendo “un pedazo de pan por el amor de Dios…”.

Foto Alan Ortega. La Jornada

Foto Alan Ortega. La Jornada

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