La vejez: Como te ves, me vi. Como me ves, te verás


Como te ves, me vi. Como me ves, te verás.
Refrán mexicano

Hoy es el llamado día de los adultos mayores, de los abuelitos, de las personas de la tercera edad o de los adultos en plenitud (aunque debería de ser algo de todos los días).  Es un día que particularmente es de reflexión pues basta con salir a la calle y encontraremos a personas mayores mendigando un pedazo de pan o unas monedas, en algunos casos porque sufren de abandono o en otros, porque son explotados por sus familiares u otras personas.

Muchos de ellos viven enfermos por el desgaste de su cuerpo y tienen un nivel de vida muy lejano al esfuerzo y trabajo que de jóvenes realizaron, recluidos en ocasiones en un rincón de su propia casa o botados en un asilo, sin pensar que algún día llegaremos a esa edad y el ejemplo que demos será el que ocuparán en nosotros cuando lleguemos a esa condición. Fomentemos el respeto a las personas mayores en nuestros hijos.

En la época prehispánica a la senectud o vejez se le denominada “huehueyotl”, y a las personas que alcanzaban esta etapa o condición se les reconocía como “huehuetain” (reverenciado anciano) o “llamatzin” (reverenciada anciana). 

Para la medición del tiempo, una “atadura de anos” abarcaba 52 años, por lo que a esa edad se iniciaba el ciclo de la vejez, la cual podría prolongarse en casos excepcionales hasta los 104 años y recibían el nombre de “huehueriliztli” (cumplimiento de la vejez).

Por supuesto que está también el otro lado de la moneda, personas que viven en plenitud su vejez y que viven con el reconocimiento social y familiar.

Doña Mercedes Echegoyen de Córdova, mi bisabuela

Doña Mercedes Echegoyen de Córdova, mi bisabuela

En lo personal, recuerdo mucho a mi bisabuela “Doña Meche” y a mi abuelo “Don Beto”, seres fuertes que me dieron un ejemplo de vida.  A la doña la recuerdo siempre cuidando sus plantas, sentada en el patio tomando el sol, su hermosa cama de latón y su piel blanca como nácar, a ella le canté una canción por el día de la madre y ese día decidió partir. Me consuela pensar que se llevó mi canto como un recuerdo terrenal.

De Don Beto o como yo le decía con mucho cariño y respeto “mi viejo loco” –nadie más podía decirle así sin que se enojara- llevo el ejemplo de un ser humano excepcional, en realidad él fue mi padre pues asumió ese rol.  Él tenía tres trabajos para mantener a sus tres hijos, sobreponiéndose a la falta de una esposa y con el apoyo de mi bisabuela. Por ello, cuando llegó su jubilación no aguantó la inmovilidad y tomó cuantos cursos pudo e incluso, siendo él Ingeniero Mecánico y Eléctrico del Instituto Politécnico Nacional, recursó la primaria y secundaria abierta “porque ahora enseñan distinto a cuando yo cursé la escuela”, pero era un ser muy inteligente, siempre resolviendo crucigramas. Entre otras cosas me enseñó a jugar damas, a hacer instalaciones eléctricas, a arreglar motores de lavadoras y bombas de agua, a sembrar y trasplantar las hierbas para la comida de la casa, a organizar y conocer la herramienta y aun así teníamos tiempo para irnos de “pata de perro”, momento que aprovechaba para siempre comprarme un libro o un cómic. Nunca se limitó aún cuando le faltaban 3 dedos de la mano producto de un accidente de trabajo, y siempre buscaba ocuparse en lo que pudiera, incluso se buscó un trabajo donde estuvo hasta los 78 años. ¿Y aun así quieren que yo sienta que trabajo mucho?  Eso sí, nunca perdió su gran humor, incluso el día de su entierro, mientras bajaban el ataúd yo caí en la fosa contigua y mientras todos corrían asustados yo me levanté tranquilo y les dije: “estoy bien, fue el viejo loco que me jaló” y lo sé porque escuché su pícara risa, yo creo que en un afán de decirme: tranquilo, estoy bien y seguiré contigo… haciéndote maldades. Cabe mencionar que yo nunca perdí el amor, el agradecimiento y la emoción por escuchar una y otra vez sus historias de cuando era niño, de la revolución, del Presidente Cárdenas y otros hechos históricos, de los inicios del Politécnico (por él estudié en el IPN)… mismas que quisiera tener la oportunidad de escuchar de nuevo.

Envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube las fuerzas disminuyen,
pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. 
Ingrid Bergman

Tengo el recuerdo también de otros grandes “viejitos”, mi tío Luis haciendo distintos cortes de la tortilla según fuera su destino: largos para tortilla, cuadrados para chilaquiles, triangulares para totopos, él cortaba el pan y organizaba las especies, por cierto, su ensalada de papa era memorable; o mi tío Memo quién “sufría accidentes” y mojaba mi cama ¿o será que sólo se echaba la culpa?

Otras personas que fueron fundamentales en mi vida fueron mi tía Juanita y mi tío José, pues ellos fueron como mis abuelos. Con mi tío Pepe siempre recordaré los paseos en su datsun verde, una verdadera joya; y con mi tía Juanita el mayor recuerdo es que de pequeño hacía una ensalada en mi cabeza, untaba limón o jitomate para aplacar mi cabello rebelde que increíblemente duraba bien peinado todo el día; más grande y ya de joven siempre pasaba a comer a su casa antes de irme a la escuela.  Lo que siempre admiré de ella fue su paciencia y su capacidad en la cocina (hacía un mole verde que ni mi mamá igualaba), donde siempre hacía platillos distintos para cada uno de los integrantes de la familia, que porque a fulanito no le gusta tal cosa y a sutanito no le gusta esto, total que siempre buscaba complacer a todos y verdaderamente es una pena que algunos tengan memoria de tan corta duración y olviden eso.

Juanita y Pepe

José Pacheco y Juana Morales, mis tíos

En los ojos de los jóvenes vemos llamas, pero en los ojos de un anciano vemos la luz. 
Juan Jáuregui Castel
Don Beto

Don Roberto Córdova y Echegoyen

Ahora es mi madre quién entra al club de los jóvenes maduros y voy viendo cómo cambia su cuerpo, su movilidad y cómo el tiempo le va cobrando todo el esfuerzo y sacrificio que hizo por sus hijos, a los cuáles cuidó prácticamente sola, pero además se aventó el cuidado de la siguiente generación por parte de mi hermano, para quién se repitió como madre y tuvo que olvidar su papel de abuela. ¡Cuánta fuerza desplegada por un solo sentimiento: el amor! Hoy mismo que la felicité por el día de la abuela su respuesta fue: “Yo no soy abuela, pues yo no tengo nietos, yo tengo puros hijos”. De mi madre hay recuerdos, pero afortunadamente prefiero verlos como vivencias que vamos construyendo día a día, todas sustentadas en mi admiración y agradecimiento ante un ser espectacular, un ángel en esta tierra.

Tanto he querido y admirado a mis “viejos” que es por ello que me indigna el trato que algunas personas dan a los que debieran ser sus seres queridos, esto sin pensar que con suerte, todos llegaremos a ser viejos.  Por ello me preocupa que no haya políticas para facilitar el acceso de discapacitados, porque algún día todos llegaremos a requerir de un bastón, una andadera o una silla de ruedas en una ciudad donde no existen las condiciones para movilizarse en esas condiciones. Alguna vez sueño con tener un asilo para poder dar una vida digna a quién ya dio todo de sí, ojalá algún día pueda lograrlo.

“Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”
José Martí

Mientras tanto, al percatarme de la cada vez más contínua pronunciación involuntaria de la frase: “en mis tiempos”, veo cómo avanza el tiempo, me esfuerzo cada vez más para llegar a una vejez digna y con autosuficiencia, espero llegar con el reconocimiento por parte de mi familia y con la satisfacción de haber aportado algo a la sociedad para por lo menos, seguir vivo en el recuerdo de la gente (anhelando de esa forma la inmortalidad).  Es por ello que el esfuerzo de lograr algo, algunos plantan un árbol (yo lo canjee por muchas plantas y un rosal), tienen un hijo (yo tengo tres dulces engendros más 2 hermosas mascotas) y escribir un libro (¿cuenta un blog y varios artículos?), en fin, sólo espero que como sociedad retomemos la visión de las viejas culturas para valorar la sabiduría que la vejez deja, finalmente, cuando nosotros lleguemos a ella, la humanidad habrá envejecido y habrá más competencia, así que lo que no hagas ahora, no lo harás después, aunque siempre es mejor hacer algo ahora y hacer más después, pues aún queda mucho que enseñar a las nuevas generaciones y aún mucho más qué aprender ¿o no?

P.D.1 Iré ensayando la danza de Los viejitos, sólo para ver qué se siente.

P.D.2 Mis queridos viejos, los esperamos el día 1º de noviembre donde en la ofrenda del día de muertos encontrarán todo aquello que en vida disfrutaban, y aunque todos los días los recordamos, ese día es especial porque se organiza el gran mitote y ustedes son los principales invitados. ¡Hasta pronto!

María del Pilar Córdova Morales, mi madre

María del Pilar Córdova Morales, mi madre

Cómo decir abuelo en 17 lenguas indígenas

Hueyitata, en náhuatl de la Huasteca, traducción: Reyna Alvarado.

Velito, en mexicano de la montaña de Guerrero, traducción: Vanessa Medina Martínez.

Ta ta, en otomí del centro, traducción: Petra Benítez Navarrete.

Cha´a, en mazahua del oriente, traducción: Antolín Celote Preciado.

Énhé, En chichimeco jonaz, traducción: Manuel Martínez López.

Nool, en maya, traducción: Karina Puc Balam.

Mam, en tseltal, traducción: Lucio Cruz Cruz.

Muk’tot o Junuk a vo’onton (felicidades abuelo/ abuelito) en tsotsil, traducción: Agustín Santiz Santiz.

Bixhooze’ biida’, en zapoteco de la planicie costera, traducción: Germán Ramírez Martínez.

Tsii, en mixteco de la costa noroeste de Oaxaca, traducción: Celedonio Bautista y Bibiana Mendoza García.

Sutu cha’nu, en mixteco del oeste de la costa, traducción: Hermenegildo López Castro.

Mëjteety (gran padre), en mixe alto, traducción: Honorio Vázquez Martínez.

Ap, en mixe alto del norte, traducción: María del Rosario Santos Martínez.

Ñiú’, en chinanteco del sureste medio, traducción: Augusto Carrillo Cruz.

Iu´, en chinanteco de Santiago Jocotepec, Oaxaca, traducción: Rocío Ojeda Aracen.

Xii o Ataj chij (papá grande), en triqui de San Juan Copala, Oaxaca, traducción: Holmec Martínez Ramírez.

Palochi, en tarahumara del norte, traducción: Tirza González Castillo.

Fuente: México Desconocido

Foto: Gobierno de Michoacán

Foto: Gobierno de Michoacán

Por último, dejo esta carta de un padre a su hijo como reflexión:

Amado hijo:

El día que esté viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme.

Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme mis zapatos, tenme paciencia. Recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas.

Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras y sabes de sobra como termina, no me interrumpas y escúchame.  Cuando eras pequeño para que te durmieras, tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas los ojitos.

Cuando estemos reunidos y sin querer, haga mis necesidades, no te avergüences y comprende que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas. Piensa cuantas veces cuando niña te ayude y estuve pacientemente a tu lado esperando a que terminaras lo que estabas haciendo.

No me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda los momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más agradable tu aseo.

Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con tu sonrisa burlona.

Acuérdate que fui yo quien te enseño tantas cosas.   Comer, vestirte y como enfrentar la vida tan bien como lo haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia.

Cuando en algún momento, mientras conversamos, me llegue a olvidar de que estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo hacerlo no te impacientes; tal vez no era importante lo que hablaba y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas en ese momento.

Cuando en algún momento, mientras conversamos, me llegue a olvidar de que estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo hacerlo no te impacientes; tal vez no era importante lo que hablaba y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas en ese momento.

Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuánto puedo y cuando no debo.

También comprende que con el tiempo, ya no tengo dientes para morder ni gusto para sentir.

Cuando mis piernas fallen por estar cansadas para andar… dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar con tus débiles piernitas.

Por último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo quiero morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu cariño o cuanto te ame.

Trata de comprender que ya no vivo sino que sobrevivo, y eso no es vivir.

Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido recorrer.

Piensa entonces que con este paso que me adelanto a dar, estaré construyendo para ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo.

No te sientas triste, enojado o impotente por verme así. Dame tu corazón, compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir.

De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío. Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti.

Atentamente.

Tu viejo.

 

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